viernes, 10 de mayo de 2013

Violencia invisible: el lugar de la mujer en los medios


El caso de Clarín

*María Florencia Actis

Esta semana tuvo relativo impacto en varios medios el contenido de un programa emitido por la televisión pública danesa, estilo reality show, ideado por el músico de jazz Thomas Blachmanen, en el cual un jurado, conformado por varones, observa y evalúa el cuerpo de las mujeres. Ellas compiten entre sí mostrándose absolutamente desnudas, sometiéndose a la voluntad de “los jueces”, -que generalmente las hacen dar vueltas,  agacharse o mostrar determinada parte- y a su posterior dictamen. La cobertura mediática de Clarín al respecto,  hace mención en su párrafo inicial a las fuertes críticas que ya recibió no sólo en Dinamarca, sino también en el resto de Europa y Estados Unidos por tratarse del programa “más sexista hasta el momento”.

La pregunta es con qué vara se mide el nivel de sexismo en los medios; y desde qué lugar calificado un medio gráfico que reproduce diariamente imágenes de mujeres-objeto, construye este hecho noticiable con tonalidad crítica y escandalizada. El estigma cosificante no viene dado por mostrar más o mostrar menos; sino por el significado social que se adjudica  al cuerpo femenino; y los alcances/consecuencias fácticas de esta representación.

El cuerpo femenino, concebido como un objeto y confinado de la soberanía de las mujeres, se interviene cotidianamente en busca de satisfacción del deseo masculino, procurando reflejar lo que la sociedad, gobernada por una cosmovisión masculina, consigna para ellos: belleza, higiene, salud y esencialmente, pasividad erótica. La dimensión erótica del cuerpo está vinculada a la idea de sensualidad para ser admirada, distinguida, deleitada. La función activa, de admirar y cuestionar o complacerse, está reservada para el varón que se constituye en Sujeto. El marido o cualquier desconocido en la vía pública, se adjudica el derecho “natural” de verbalizar qué tanto le gusta ese cuerpo, o qué partes del mismo habría que tonificar, adelgazar o rellenar; ignorando voluntariamente la percepción subjetiva y relación que esa mujer establece con su propio cuerpo, o cómo pueden repercutir en ella las miradas, comentarios, observaciones,  sátiras y/o piropos. El agrado o no con su cuerpo está enérgicamente condicionado  por el nivel de agrado que el conjunto social le manifiesta –valiéndose de un reticulado discursos sociales- (“El cuerpo de la mujer tiene sed de las palabras de un hombre”, aseguró el conductor del programa en cuestión).

La desigualdad simbólica de género,  la apropiación y control del erotismo de la mujer, se explica a través de estrategias biopolíticas de reproducción social, que generaron formas de apropiación desigual del capital cultural como de acceso a los circuitos de calificación laboral, centros de poder, etc.  Tal y como lo describe Ana María Fernández, “La conyugalidad occidental ha sido la forma secularizada de instituir el control sobre la sexualidad de las mujeres y el derecho exclusivo del marido sobre la sexualidad de la esposa”.

Cuando se habla de violencia mediática en materia de género, no sólo se circunscribe a mecanismos  desmoralizantes fácilmente reconocibles, como el caso del polémico reality; sino también a cualquier operación simbólica que fomente estereotipos, prácticas y parámetros que reifiquen la pasividad femenina por la cual la mujer, de una manera u otra, se aliena de la propiedad y exploración de su cuerpo, registro de sus deseos y búsqueda activa de sus placeres.

Las duras adjudicaciones que lanza el/la periodista de Clarín al reality show (“ La incomodidad es evidente: la mujer queda dura de frente a sus torturadores televisivos y hace lo que le piden que haga”) contrasta con el lenguaje,  imágenes y postura que el medio adopta para personificar a la mujer  ejemplar en su suplemento Entre Mujeres, subdividido en las secciones “Moda”, “Belleza”, “Vida Sana”, “Hogar y Familia”, “Pareja y Sexo”, “Trabajo”.  También incluyen la voz de la productora del reality al defender la idea original del ciclo y su continuidad en el aire, induciendo a la ridiculización del testimonio: “En el fondo revela lo que los hombres piensan del cuerpo de las mujeres, ¿qué hay de malo en eso?”, afirmó Sofia Fromberg, del staff del programa.

 El problema no es el brote de criticidad, sino la falta de criterio a la hora de determinar qué es violencia de género, desconociendo sus mecanismos sublimatorios a los que el mismo medio, Clarín en este caso, contribuye.









Bibliografía consultada:

Fernández, Ana María, “Violencia y Conyugalidad: una relación necesaria. La gestión de las fragilidades y resistencias femeninas  en las relaciones de poder entre los géneros”, Cap. IV del libro, “La mujer y la violencia invisible”, Gilberti Eva y otras.

Piedad Córdoba Mujer luchadora por la unidad de los pueblos latinoamericanos


 *Por Juliana Díaz Lozano, Laboratorio de Género y Comunicación. FP y CS- UNLP


Esta semana estuvo en Argentina la militante y política colombiana Piedad Córdoba Ruiz, integrante de Marcha Patriótica y referenta de los diálogos de paz en Colombia. En visitas oficiales y no oficiales, la Senadora destituida señaló la importancia de la finalización del conflicto armado en su país, impulsado por las políticas norteamericanas en connivencia con el poder político y económico local.

En sus relatos, denunció las políticas de ocupación militar, para el control político y el saqueo de las riquezas planificadas por Estados Unidos en complicidad con el ex presidente Álvaro Uribe, y específicamente la continuidad del Plan Colombia avalado por las autoridades de ese país. Igualmente resaltó la importancia de los procesos de unidad latinoamericanos recientes, como formas de solidaridad entre gobiernos pero también entre los pueblos.

Las organizaciones de mujeres en Colombia vienen señalando y denunciando las violencias particulares que padecen las mujeres en el marco de esta situación. La militarización que sufre Colombia, y países hermanos como Haití y Honduras, tienen consecuencias especiales para la vida de las mujeres que pueblan esos territorios. La presencia militar (ya sea del Ejército como de las fuerzas paramilitares) se traduce en una situación de violencia extrema hacia las mujeres, manifestada en confinamientos, violaciones, embarazos forzados, feminicidios. Según afirmó la Marcha Mundial de las Mujeres, una organización plurinacional de activistas, en una entrevista que le realizamos: “la impunidad del gobierno y las fuerzas paramilitares, exacerba la violencia sexista y los valores del patriarcado, colocando a los cuerpos de las mujeres como territorios del terror de la guerra". 
Piedad Córdoba conforma la alianza Colombianos y Colombianas por la paz, dentro de la que se encuentra la Asamblea de Mujeres por La Paz. Este colectivo promueve la concientización sobre las violencias específicas padecidas por las mujeres en los últimos diez años en Colombia y sus consignas principales son: “¡Ni un hombre, ni una mujer, ni un peso para la guerra!”, “por nuestros muertos, ni un minuto de silencio, miles de años de resistencia”, “¡mi cuerpo es mi casa, mi casa es mi territorio, no entrego las llaves!”. Esta última frase alude directamente al avance sobre el cuerpo de las mujeres como primer territorio del conflicto armado.
Además de las situaciones de violencia explícita sobre el cuerpo de las mujeres, la guerra en Colombia implica, según Piedad, cifras alarmantes: 8 millones de personas desplazadas, más de 60 mil desaparecidos/as y más de 3 mil ejecuciones extrajudiciales. El avance neoliberal armado dejó en este país a 28 millones de personas en situación de pobreza y 8 millones de indigentes. Estos números, también tienen incidencia genérica, ya que sobre las mujeres pesan la resolución de los problemas económicos domésticos, son quienes encabezan el desplazamiento forzado en el caso de reclutamiento obligatorio de novios y maridos o el arrasamiento de territorios. En otros casos, son las mujeres quienes se quedan en los territorios arrasados por el conflicto, cuidando las tierras para que no sean ocupadas por las multinacionales.
La figura de Piedad Córdoba (mujer, latinoamericana y afrodescendiente) nos permite reflexionar de una manera integral sobre las implicancias del avance de las multinacionales y las fuerzas armadas. También supone resaltar las resistencias cotidianas de las mujeres en Colombia y en América Latina, enfrentadas además y muchas veces en soledad, al desafío de vérselas con la resolución de la cotidianidad en medio de un contexto de violencia generalizado. 

viernes, 3 de mayo de 2013

La Iglesia Católica deberá indemnizar a la víctima por encubrir a un cura pedófilo


Actis, María Florencia
Si bien el daño moral puede ser resarcido económicamente, las nuevas autopercepciones del cuerpo como efecto del poder flagelante actúan, reconfigurando, la constitución subjetiva del niño, niña o joven abusado/a sexualmente. Las consecuencias traumáticas que enfrente el sujeto son designadas por la psicología como un “síndrome de acomodación”, ya que explica las dificultades para reconciliar su mundo de experiencias “privadas” con el flujo de experiencias provenientes del mundo “público”- exterior; mediadas por la culpa. Desde otra perspectiva, podríamos entender al abuso sexual infantil como una práctica que demuestra dominio físico, erigido sobre una desigualdad simbólica, anulando la voluntad del niño/a; una experiencia vital que trastorna las significaciones que adquiere sobre su entorno mediato e inmediato, altera los condiciones en que transcurre su vida personal y social, los parámetros para conocer, relacionarse, concebirse, proyectarse. Los modos en que se narra, se encuadra y se re-construye dicha vivencia en definitiva la determinan. Se trata de la dimensión formativa del uso del poder, el efecto de ese poder generando estructuras productivas de subjetividad.
Un tal Gabriel tenía quince años, vivía en Berazategui y tenía una enérgica impronta religiosa en su formación. Él y sus dos hermanos, participaban activamente durante sus años de adolescencia en de las misas, ayudando a los párrocos, y de otras iniciativas del culto católico. Beatriz Varela fue catequista y voluntaria de la Obra de María, en la diócesis de Quilmes. En 2002, luego de sufrir un abuso sexual por parte de un cura del barrio, Rubén Pardo, fallecido tres años después del hecho, se vio fuertemente decepcionado, tanto por la acción que él consideraba hasta ése momento de responsabilidad individual, como por el silencio corporativo y velo de impunidad y “perdón” que intentaron desplegar las jerarquías de la institución, en particular, el entonces obispo de Quilmes, Luis Stockler.
En los últimos días, la Cámara de Apelaciones de Quilmes ratificó la sentencia del Juzgado Civil y Comercial N2, que encontró culpable a Pardo y obligó al Obispado de ese distrito a pagar una indemnización a la víctima y su familia por el delito de pedofilia que ronda los 155 mil pesos: 120 mil en concepto de daños morales,  7.800 para tratamiento psicológico para Gabriel, además de los intereses por los 11 años que distan desde la consumación del delito sexual y que tardó en llegar la Justicia penal.
La querella expresó una sensación satisfactoria, “reparadora” luego de escuchar este fallo, primero en la historia argentina que sanciona monetariamente a la iglesia católica por un caso de pedofilia, luego de quedar evidenciado el rol de complicidad y tendiente al ocultamiento de la verdad que jugó la institución en los años posteriores al abuso, enviando al sacerdote implicado a confesar niños/as a Córdoba, paradójicamente.
Los dos medios que abordaron el tema fueron Página/12 y La Nación, construyendo relatos con profundidad temática y testimonial desigual.  En Clarín digital no se hizo mención a la decisión judicial. En el orden local, el mismo escepticismo de El Día.  
La Nación dio espacio el día lunes 29 y martes 30, en dos notas de extensión estándar y desde una voz “neutral” que relata los hechos cronológicamente; no arriesga ningún análisis pormenorizado sobre la problemática de los abusos.  Se nutre principalmente del testimonio de la víctima, reproduciendo análisis que él imparte en relación al grado de “cotidianeidad” de esta forma de violencia perpetrada contra los/as niños/as en nuestra sociedad. En este sentido, para retratar la decadente postura de la iglesia, subtitula “Burla” los párrafos en que el denunciante detalla cómo pontífices argumentaron lo sucedido (“Le dijo a mi mamá que tenía que ser considerada con las personas que elegían el celibato porque podrían tener momentos de debilidad. Así llamó a un hecho tan aberrante como la pedofilia"). El apartado en cuestión, que es el último, cierra la nota con una frase contundente: "callarlo es tener complicidad”, alusiva no sólo al papel de quienes rodean a la víctima, saben del caso y no accionan (e incluso, ejecutan mecanismos de inducción al silencio, principalmente la iglesia en este caso, las familias de las víctimas en muchos otros), sino también a la elección de omitir de la propia víctima. En la nota publicada el día martes 30, reiterando en el cuerpo de la nota casi la totalidad de los datos y declaraciones, deja de mencionar que el pedófilo murió a causa de vih sida en 2005.
Página/12, por su parte, en su versión digital, publicó el lunes 29 una nota sobre el caso titulada “Este fallo me da mucha tranquilidad y consuelo”, que ordenó en la sección El País, y ocupó un espacio preferencial en la portada de noticias del día.  En cuanto al tratamiento en este medio particular, la nota presenta una extensión considerable, que incluye una puesta en contexto del hecho y una reconstrucción de la escena del crimen a través de una entrevista con el protagonista. También hay una evocación a distintos responsables, más y menos directos, que tuvieron conocimiento del abuso y cuyas respuestas fueron nulas. Por último, se emplean adjetivos y reflexiones que vislumbran el posicionamiento de la periodista, por ejemplo “La Iglesia nunca reconoció el hecho como un delito aberrante”. Vale la pena recalcar, que el día martes 30 de abril, en la mini sección catalogada “Pirulo de Tapa”, enfatizaron con el título “Ex comulgado” la situación de un sacerdote -Roberto Francisco Daniel- que fue ex comulgado luego de “bajar línea” durante una ceremonia en que cuestionaba las prohibiciones “sexuales” de la Iglesia Católica y su dogma, desanclado en tiempo, espacio y culturas. 

viernes, 26 de abril de 2013

Ningún ángel: los dichos de Baby Etchecopar


*Actis, María Florencia
El lenguaje constituye un paso obligado a la experiencia. Es performativo y normativo en tanto poseedor de un potencial de determinación -transformación o conservación- de la dimensión material de las relaciones humanas. Comúnmente se presenta como un vehículo que transmite y describe cómo es y está el mundo; sin embargo organiza, jerarquizando, significados y saberes que proponen formas de particulares de transcurrirlo, y no otras. Por ello, la importancia de analizar y desarmar el discurso de los medios masivos; por su alcance social en materia de formación de sujetos y (re)producción de sentidos, mediados por la historia y la cultura.
Esta semana fue resonante, más que en los medios hegemónicos, en las redes sociales, un informe que realizó el Observatorio de la Discriminación en Radio y Televisión -integrado por la Afsca, el Inadi y el Consejo Nacional de las Mujeres- sobre el repudiable discurso de Baby Etchecopar, al aire por Radio 10 pronunciado el pasado 22 de marzo, en su programa "El ángel del mediodía". Si bien el mayor impacto fue causado por "su incitación al femicidio", al afirmar que todas las mujeres que superen los cuarenta años y presenten un relativo deterioro físico, son merecedoras de sufrir martillazos, del mismo modo que matan a las vacas, ("son  bestias, animales", dijo el conductor); también fue de gravedad el resto de sus declaraciones. Alusivas a reforzar patrones estereotipados que tienden a naturalizar la subordinación y discriminación de las mujeres en diferentes ámbitos de la vida social.
“La mujer cuando pasa los cuarenta años, si vos la dejás diez días sin depilar y sin la piedra pómez, te encontrás con una pierna peluda (...) se transforman en un monstruo (...) son un asco”, expresó en oposición al género masculino, quienes de acuerdo a su punto de vista, “envejecen con dignidad”. En este sentido, habilitó el detrimento corporal de los varones, no siendo un problema en este caso el crecimiento de la panza, pelos, arrugas.
Vale aclarar que, si bien, muchas veces, la diferencia anatómica/hormonal entre los géneros es una realidad empírica;  desde la cultura, se activan discursos y artefactos destinados a controlar tanto los comportamientos poblacionales como los cuerpos individualizados, tomándolos como objetos de poder y saber de la llamada “biopolítica[1].  La higiene, la salud y la belleza serán bastiones de la biopolítica, dirigida al conjunto social pero específicamente medicalizando la sexualidad de la población femenina en pos de reforzar sus atributos “naturales” (ductilidad, pulcritud, afectividad), al mismo tiempo que justifican su rol de subordinación social respecto de la población masculina (a quien se le permite ser torpes, tener pelos, tener panza, tener olor, estar despeinado, tomar alcohol, fumar, insultar, etc). De manera complementaria, se consagra el derecho masculino  de juzgar del cuerpo femenino,  y las elecciones/intervenciones que la mujer realiza sobre él. Nuestros cuerpos se conforma en el imaginario, como territorio público, confiscado de la esfera personal, cosificado, encorsetado. El caso de Baby, resulta una expresión más del permiso social de cuestionamiento hacia la soberanía de las mujeres ; al igual que la prohibición de abortar –todavía deuda de la democracia argentina-.
Otro de los testimonios destacados insinuó que estas mujeres “obsoletas” en materia de seducción para con sus maridos, hay que “mandarlas para el interior, a lugares donde hay presidios en el sur, donde no hay ninguna mujer y ahí van a ser la Coca Sarli”, y agregó “hay tipos que comen cualquier cosa (risas)”.
El único medio que cubrió, e incluso de manera crítica, los dichos del periodista -que atenta contra lo estipulado en la ley 26.485, de protección integral de las mujeres, puntualmente al incluir la figura de violencia simbólica- fue Página/12, en coherencia con su línea  editorial, partidaria de la denuncia y análisis de los casos de violencia de género; y de los relatos públicos que giran en torno a ella. 






[1] Foucault, Michael. Genealogía del racismo. Capitulo: Undecima lección del poder de soberanía al poder sobre la vida. Página 174.

jueves, 18 de abril de 2013

En boca de los medios: el caso de Marcela


*María Florencia Actis
Cobertura semanal: La Nación; Clarín.
Una estructura frecuente de los crímenes de género es que, a modo de contienda, el agresor busca desprestigiar el papel de autoridad de un adversario personal específico –y/o político- a través de la violencia perpetrada contra la integridad de la/s mujer/es que tiene bajo su tutela, directa o indirectamente. Se trata de la reivindicación y reafirmación viril propia ante el conjunto social, no menos gobernado por varones que por una mirada masculina. En este sentido, el cuerpo femenino resulta más eficiente como insumo para lograrlo que el cuerpo masculino; se trata de un lenguaje y un código sociocultural (Rita Segato).
Esta semana, una nuevo hecho de violencia machista traducido a noticia en clave de problemas de pareja. Marcela Márquez, de 46 años, fue brutalmente golpeada por Walter Marcelo Ciumina, de 21. La cobertura, escrupulosa, no se aventura en la reconstrucción de una historia, posiblemente marcada por la violencia en otra escala y mecanismos de menor valor mercantil. La Nación es telegráfico: “fue violada, golpeada y permanece internada en estado grave”. Sobre la víctima, no presenta más descripción que su estado de salud. Sobre el victimario; nombre, edad, situación penal y antecedente laboral destacando en el título su condición de ex convicto. Clarín aporta más elementos sobre la identidad de los/as involucrados/as, y datos contextuales del crimen. Además, La Nación asevera (e incluye en su titular) lo que Clarín conjetura mediante el testimonio de fuentes oficiales; “los investigadores ahora deben analizar si la mujer además fue violada, algo que hasta el momento no pudo corroborarse”.
La violación como anexo a un crimen físico “de mayor envergadura”, en este caso una golpiza mortífera. La violencia sexual no es considerada un arma como cualquier otra; nunca adquiere por sí sola rango noticiable, si no  compromete  instituciones sociales por fuera de la familia y se encuadre en  otras causas de  mayor impacto como “trata de persona”, “violaciones seriales”, etc. Las imprecisiones para determinar el “grado de consentimiento” de la mujer,  retardan las investigaciones en este sentido y parecieran conceptualizarlas como de segundo orden. La concepción y el ejercicio de la sexualidad heteronormativa occidental, que propone para las mujeres la pasividad erótica y la dependencia del deseo masculino, permite distintos niveles de tolerancia y relativismos sobre las causas y condenas cuando se trata de violencia sexual, entendida aquí no sólo como acceso genital, sino como “cualquier acción que implique la vulneración en todas sus formas del derecho de la mujer de decidir voluntariamente acerca de su vida sexual o reproductiva a través de amenazas, coerción, uso de la fuerza o intimidación” (ley 26.485).
La falta de seriedad y entidad en cuanto a la violencia sexual por parte de los medios analizados, da la pauta de que es visto, tratado y jerarquizado como un suceso aleatorio, casi por ser el medio de uso y abuso del cuerpo un suceso universal, cotidianizado, existente en todas las sociedades. Ningún vecindario exigiría justicia por una mujer violada en el seno de su matrimonio.
Alejada de una perspectiva de género trasversal que reconozca estrategias de poder en los diferentes planos de la vida pública, el criterio de clasificación, de aplicación mecánica, es el carácter “criminalístico” del hecho y por ello, su ubicación en la sección Seguridad, en el caso de La Nación, y Ciudad, en el de Clarín –aunque la impronta en el vocabulario utilizado, le adjudica el trillado acento policíaco y se destaca el pedido del barrio por “mayor seguridad”.

martes, 16 de abril de 2013

Perpetua para el femicida de Etcheto

 *María Florencia Actis
 
El Tribunal Oral en lo Criminal V de La Plata condenó esta mañana a prisión perpetua al femicida de Érica Etcheto, accediendo al pedido de la fiscal de la causa que promovía la carátula de “homicidio calificado por alevosía y ensañamiento”;considerando que el imputado actuó “sobre seguro y a traición”, e incluyendo la idea de “violencia de género” para nuclear los episodios persecutorios que la mujer sufría esporádicamente.

Érica Etcheto tenía 26 años, vivía en San Miguel del Monte y era madre de un hijo. Cuando fue brutalmente asesinada por su ex pareja y padre de la criatura, residía en su lugar de trabajo, un local de telefonía celular. Fue la mañana del 1ro de septiembre del 2008. De acuerdo a las pericias, el hombre la embistió por la espalda, le dio 35 puñaladas y arrastró el cuerpo hacia un cuarto posterior del comercio con el fin de ocultarlo Antes de perecer, la joven alcanzó a advertir el nombre del autor del hecho a algunas pocas personas, que luego atestiguaron en el juicio. La joven fue derivada de urgencia al hospital zonal; seguidamente al Hospital San Juan de Dios de La Plata, donde falleció días después.

Según relatos de allegados/as a la mujer, desde su separación con Walter César Quagliarello, había sufrido diversas modalidades de control y acoso por parte del hombre, expresión de un sentido de “dominio masculino, legítimo y natural”asumido sobre el cuerpo y la vida de la mujer.

Este no es el primer ejemplo en que una mujer es ultimada en un contexto y un hecho de estas características; surge el paralelismo inmediato con el llamado caso Tablado, ocurrido en 1996 en el partido bonaerense de Tigre en el que la mujer-víctima recibió 116 puñaladas en manos de su ex pareja.

La dimensión sociocultural, necesaria para comprender y explicar los femicidios, complejiza la categoría de emoción violenta, que emplean infaliblemente las defensas de los eventuales femicidas, y responde a la pregunta de qué es lo que empuja a una persona, sin referencias psicóticas, a concretar un crimen de tal envergadura y con tal saña.

Más allá de la sensación de justicia que restituye un fallo que resuelve la pena máxima para un femicida, el desafío en busca de una justicia plena en materia de equidad de géneros es aun mayor. Hace falta un trabajo de sensibilización social y prevención pública de la violencia de género, empezando por reconocer y denunciar aquellas conductas y discursos instalados culturalmente, reservados para el género masculino, que habilitan y toleran ampliamente todo tipo de abusos y mortificaciones contra las mujeres.

miércoles, 10 de abril de 2013

Las Jara fueron condenadas

*María Florencia Actis
 
El caso de las hermanas Jara es la expresión más extrema de la violencia institucional y figura la situación que atraviesan miles de mujeres víctimas de violencia sexual a lo largo y ancho del país. Hoy, fueron condenadas a dos años y media de prisión, por el Tribunal en lo Criminal número 2 de la ciudad bonaerense de Mercedes, luego de sufrir acosos por parte un hombre y permanecer detenidas desde hace dos años en el Penal Unidad Nº8 de los Hornos en La Plata. Por ésto último, las chicas,  de 20 y 21 años, quedarán en libertad.

La gravedad de un fallo de estas características, radica en que sienta un antecedente y normaliza un modo de concebir los hechos de abuso por parte de la justicia y de proceder en consecuencia. La sentencia, encierra mitos y estigmas tendientes a culpabilizar a las mujeres acosadas de “provocar” su propio destino, relativizando la carátula de “legítima defensa” cuando se trata de abusos sexuales, y reproduciendo las posibilidades de que futuras víctimas opten por la mudez y el retraimiento.