jueves, 27 de junio de 2013

Los estatutos mediáticos de verdad: el caso de Ángeles y el de Candela


*Actis, María Florencia - Observatorio de Medios, Comunicación y Género - Laboratorio de Comunicación y Género, FPyCS.
El femicidio de Ángeles generó una notoria conmoción e impacto mediático, no sólo por las características del crimen y el trágico desenlace, en un predio del Ceamse en José León Suárez; también por reavivar los pedidos de seguridad equivalentes a un mayor control policial y endurecimiento punitivo. Las crispaciones y reflexiones que genera este tipo de hechos, generalmente no están orientadas hacia la sensibilización y dimensión de la violencia de género, al grado de tolerancia y naturalización social que existe en torno a esta forma particular de violencia. Muy por el contrario, reconocen a la clase dirigente como única responsable del hecho, obnubilando la raíz de esta problemática histórica, sustentable en el tiempo por mecanismos de reproducción, también a pequeña escala.
La clase y el género
Las características de la cobertura mediática del caso de Ángeles, debe explicarse por la intersección de las condiciones de género y clase. Para los medios hegemónicos, a razón de los indicadores de clase –proveniente del barrio porteño de Palermo, de familia de nivel medio-alto, de padre ingeniero y militante del PRO- inmediatamente fue nombrada “la nena”, “la adolescente”. De hecho, más de un sitio web, ha destinado la totalidad de una nota a describir los progresos profesionales de Franklin Rawson, su padre. “Actualmente, ocupa el puesto de jefe de compras de Techint, pero su currículum es amplio. Trabajó para importantes empresas como la petrolera Shell,  Johnson Controls Automotive y Roche Pharmaceuticals, entre otras. Siempre ocupó puestos jerárquicos”. El status social y económico de  los/as Rawson, pareciera influir en la designación que se hace de la víctima, en los aspectos de su vida íntima que se revelan o se omiten, en las fotos que se muestran, básicamente, en la ética periodística.
Distinto fue el abordaje del caso Candela Rodríguez de ocho años, de Villa Tesei, que fue encontrada asesinada el 22 de agosto de 2011. Varias de las imágenes que se muestran de la víctima –chica de barrio, de familia humilde-, exhiben el perfil de una niña sexualizada. Las principales versiones que manejaron los peritos, fue la del ataque sexual por un lado que, por la publicación de fotografías “sugestivas” y referencias a un supuesto “encuentro” de la menor con el que resultó ser su secuestrador, dejan un margen de desconfianza respecto de Candela y relativizan su consentimiento. Las prácticas o intenciones sexuales no reproductivas en una niña constituyen  un objeto de pánico moral doblemente censurado: por desobedecer a los mandatos esperados no sólo por su género, sino también por su etapa madurativa. Otra de las conjeturas centrales fue la de un arreglo cuentas con el padre de Candela, resaltando la hipotética inmoralidad por parte del progenitor al estar involucrado en negociados turbios y con el mundo delictivo, haciéndolo indirectamente responsable del crimen de su hija. En este caso, la desconfianza aparece por el componente de clase, que no sólo se reduce al nivel de ingresos, sino también al acceso a determinados bienes culturales, a la incidencia en ciertas prácticas y circuitos.
En líneas generales, el caso de Ángeles resulta una oportunidad para tematizar la retórica de la inseguridad, identificando la familia damnificada como la prototípica de buenos/as ciudadanos/as; mientras el caso Candela, puso en duda la moralidad de su familia, otorgándole vinculaciones con el crimen organizado,  ratificando operaciones de estigmatización social de la pobreza.
En una editorial del diario La Nación del día 13 de junio, a propósito del femicidio de “la niña”, se reflexionó en torno a la destrucción del entramado social que está produciendo el garantismo penal, proponiendo el endurecimiento de las penas y la privación de los derechos humanos para los/as delincuentes. En el análisis de las condiciones materiales de inseguridad que favorecieron a la concreción del asesinato, reconoció las siguientes falencias estructurales materiales y decisivas: “Las cámaras de seguridad sirven como prueba, pero no han evitado que se cometan los más variados atropellos (…) el desempeño policial es posterior a los acontecimientos (…) falta prevención, trabajo conjunto entre los distritos y las distintas fuerzas de seguridad.”
Vale repensar las cadenas simbólicas que construyen el significante seguridad en esta clase de discursos, de dónde provienen y en qué derivan, qué niegan. El estado de inseguridad en que transcurren su día a día las mujeres -agresiones abiertas tanto verbales, físicas psicológicas y sexuales- en el espacio público y el privado, es englobado e indisociado junto con robos simples o calificados, ya sean salideras bancarias, asaltos comerciales, incautación de estupefacientes; desfigurando las problemáticas particulares que encierra la violencia de género.  Más allá de “la tasa anual de femicidios”, sus formas de ejecución, la concepción masculina sobre el valor de la vida de las mujeres y el derecho “natural” de apropiación de su sexualidad y sus cuerpos que se adjudica, resultan factores comunes. Violencias simbólicas que son posibles y estables por  la sujeción, identificación y apropiación de prácticas sociales y patrones de conducta, propuestos por la sociedad patriarcal, tanto para varones como para mujeres. Estos procesos “identitarios” se asientan por reiteración desde la infancia y a lo largo del tiempo, pero nunca son absolutos, completos, ni existen de una vez y para siempre. Contrariamente, en cada nueva situación en que la llamada performance de  género se reactualiza, emerge paralelamente nuevas posibilidades fuga, de quiebre y amenaza de su continuidad. (Butler, Laclau, 1999). Esta perspectiva política de análisis de los fenómenos sociales –abierta, contingente y provisoria- es realista, en el sentido que reconoce el alcance y la eficacia de la subjetividad machista en  las relaciones interpersonales, pero optimista porque desconfía de la aparente rigidez  y fatalidad de las estructuras vigentes; porque, en definitiva, admite y apuesta a la transformación de los sujetos  y las sociedades.




Butler Judith y Laclau Ernesto (1999), “Los usos de la igualdad”, Debate Feminista, año 10, volumen 19, abril, México D.F.

jueves, 13 de junio de 2013

MUJERES SUPRIMIDAS

v     Carina Elizabeth Aranda, Lic. en Comunicación Social.  Integrante Observatorio de Medios con Perspectiva de Género de la FPyCS, UNLP

Y el final fue el de una mujer mas en la larga lista de cuerpos violentados y suprimidos que día a día suma nuevas victimas. El caso de Ángeles Rawson tubo el final de otras chicas que antes han desaparecido y que fueron encontradas muertas.
El único medio que contextualiza esta situación con otros casos de similares características es el Diario La Nación, que en su edición digital expone una nota con los casos que ocurrieron del 2010: Candela Rodriguez, Soledad Bragna, Houria Noumi y Cassandre Bouvier, Leyla Bshier Nazar y Patricia Villalba, Lucila Yaconis, María Fabiana Gandaiaga…. en donde además muestra fotos y una regla cronológica de los casos. Si bien no hace un análisis critico del tema, tampoco lo toma como un caso de inseguridad como si aparece en otros medios.
En este medio la voz que se toma es la del papá y de la mamá de Ángeles con las primeras declaraciones después de conocido el hecho. En el medio se reproducen fotos de la adolescente en las cuales se la muestra con imagen de “niña buena”  y angelical por lo cual la implicancia del hecho requiere otro tenor. Ya no se trata de una adolescente posando para la cámara de forma sexuada, como paso con el caso Candela, sino de una niña bien a quien se le cruzo alguien en el camino que “troncho” su vida y la de su familia.
En realidad con esto lo que se oculta es que otra vez un cuerpo de mujer es violentado a través de practicas patriarcales, que utilizan el cuerpo objeto de como medio de subordinación. Estos cuerpos les pertenecen y creen poder hacer con ellos lo que se les venga en ganas. En este caso el cuerpo apareció en el previo de la CEAMSE, que es el lugar donde los desechos de la sociedad son enterrados. Además de tener una bolsa de residuo puesta en la cabeza, con lo que se puede leer que este cuerpo y cualquier cuerpo de mujer es un objeto que se puede descartar fácilmente.
En el diario Perfil que aparecieron como un caso de inseguridad que le puede ocurrir a cualquiera. Sin la minima mirada crítica sobre lo que hay detrás de esta practica. No se menciona que ya varias chicas han pasado por esta situación y el final a sido el mismo. 
En el caso del diario Clarín, aparece también en tapa y catalogado en la sección policial. Da un detalle cronológico de los hechos y mencionan cuales van a ser los pasos a seguir con respecto al velorio y al entierro de la chica. Las notas están acompañadas con fotos de la adolescente asesinada y de las amigas que marcharon para que apareciera, también una del predio donde encontraron a Ángeles y otro de los carteles que se pegaron con la fotografía de la joven.
En el caso del diario El Día, la nota principal aparece en la tapa digital y tiene que ver con el resultado de la autopsia del caso. Además otra en la que los padres de la chica hacen declaraciones y otra en la repercusión que tuvo el caso en las redes sociales.
Las fotos que aparecen de la adolescente son las que se sacaron del perfil de la red social Facebook, en la cual se puede ver a la adolescente en poses de niña. En este medio salio publicada una nota con la repercusión del caso en las redes sociales, en donde fue hastach y en Factbook se crearon varias páginas para recordar y pedir justicia por la victima.
En la violencia contra la mujer, por lo general se invisibiliza la producción y reproducción de  condiciones de poder con intenciones del predominio de uno sobre el otro. La violencia física llega cuando una persona no puede lograr que otra haga lo que el quiere que haga y de esta forma el agresor niega o suprime la integridad, aunque en muchos casos logran que sus victimas se sometan a ellos pero igual para borrar las huellas de la agresión terminan con la vida de ellas. Habrá que ver en este caso como se deshilvana la historia.
La violencia contra las mujeres constituye un grave problema social consecuencia de la dominación de hace tiempos remotos que el hombre ejerce sobre la mujer y que tiene raíces sociales y culturales. Es una forma de perpetuar el papel de sumisión a la que la mujer fue relegada. La psicóloga Ana María Fernández sostiene que al estar en crisis los grandes relatos de la modernidad, y entre ellos el patriarcado como modelo de sostenimiento de los lazos sociales hace recrudecer las prácticas violentas.



Bibliografía:
Fernández, ana maría. La mujer de la ilusión. Buenos aires, Paidós. 1994Fernández, Ana María. Las lógicas sexuales: amor, política y violencias. Ediciones Nueva Visión. 2009 
Segato, Rita Laura: las estructuras elementales de la violencia. Ensayos sobre género entre la antropología, el psicoanálisis y los derechos humanos. Universidad Nacional de Quilmes, 2003.


Enlaces:
La Nación, tapa digital, 12 de junio de 2013, Titulo: Cronología: otros casos similares al de Ángeles Rawson
La Nación, tapa digital, 12 de junio de 2013, Titulo: Habló el papá de Ángeles Rawson: "Hay que acordarnos de todo esto a la hora de votar"
Diario Perfil, tapa digital, 12 de junio de 2013, Titulo: Confirman que Ángeles fue estrangulada y peritan ADN hallado en su cuerpo
Diario Perfil, tapa digital, 12 de junio de 2013, Titulo: Morir porque sí
Diario El Día, tapa digital, 12 de junio de 2013, Titulo: Autopsia confirma que a Ángeles la estrangularon
El Día, policial, 12 de junio de 2013, Titulo: Papá de Ángeles pidió "acordarnos de todo esto a la hora de votar"

Diario El Día, policial, 12 de junio de 2013, Titulo: Por el crimen de Ángeles hicieron un operativo en Ceamse de Colegiales
La Nación, tapa digital, 12 de junio de 2013, Titulo: Facebook: abren varios perfiles para recordar a Ángeles



martes, 4 de junio de 2013

Cambios y continuidades en los roles de género familiares

Reseña del trabajo:

¿Qué hacer con los quehaceres? Las razones domésticas del cambio familiar
Agustina Cepeda y Cecilia Rustoyburu[1]




*Por Juliana Díaz Lozano, Laboratorio de Género y Comunicación. FPYCS-UNLP

 ¿De qué forma las transformaciones sociales generan cambios en el interior de las familias en los sectores populares? ¿Qué sucede con los roles de varones y mujeres, de distintas edades, en relación al espacio privado y el espacio público? ¿Cuáles son las estrategias que ponen en juego los distintos actores para encarar la supervivencia en el marco de sociedades reestructuradas por el neoliberalismo?

El presente artículo retoma el debate en relación a la articulación entre procesos macro y micro sociales, y específicamente, entre cambios económicos y sociales y la capacidad de lxs sujetos de reescribir sus biografías en función de estos cambios, e incluso, influir en ellos. Tomamos como base el trabajo citado de Cepeda y Rustoyburu, que abordó el análisis de los sectores populares en Mar del Plata a partir de encuestas y entrevistas en profundidad realizadas a varones y mujeres, haciendo hincapié en las representaciones sobre la familia y el reparto de los quehaceres domésticos.

En primer lugar, las investigadoras parten de una estrategia de indagación que plantea la necesidad de recuperar las experiencias de lxs sujetos, en contra de abordar la búsqueda de un imaginario social uniforme. Precisamente, este enfoque epistemolólgico, permite abordar las representaciones divergentes en relación a los géneros y entender a la familia y la cotidianeidad como un espacio de disputa y conflictos.  Se conjuga, entonces, el análisis estructural de la sociedad con el de las representaciones simbólicas e intersubjetivas de los sujetos y su accionar en los procesos de cambio social.

Para ampliar las visiones que sólo conciben el ámbito de la familia como un espacio de reproducción social, las autoras retoman a Elizabeth Jelin (1998) quien plantea que, junto a la distribución de roles de género (la división sexual del trabajo), la realización de actividades domésticas permite también la producción y el consumo de distintos bienes tanto materiales como simbólicos y afectivos. Este espacio “privado” puede ser también una arena de disputas genéricas y etarias. Entonces el enfoque analiza dos dimensiones: la forma en que los cambios sociales macro modifican la vida de las familias, por una parte, pero también de qué modo las biografías de los sujetos también pueden en el marco de la cotidianeidad, modificar costumbres, alterando los modelos impuestos.

Con la caída del “modelo familiar tradicional” (Scott, 1999), representante de la modernidad, se producen transformaciones importantes en la vida de las personas, producto de una sociedad que vio desarticulado el rol protector del Estado y el lugar simbólico del trabajo como principal dador de identidad masculina. Hay un proceso de individualización, un deterioro del sentido colectivo, y el mercado es ineficaz para distribuir los recursos. Esto es resultado, de las políticas neoliberales, que promovieron la concentración del ingreso en reducido sector de la población y un deterioro de las condiciones de estabilidad laboral que desplazan cada vez más personas a la exclusión.

Las familias, en estas nuevas sociedades en riesgo, tienen que desarrollarse en espacios contradictorios donde conviven aún valores y mandatos de la era moderna (varón proveedor, activo- mujer hacendosa, pasiva) y necesidades y prácticas nuevas, como el trabajo por fuera de la casa para las mujeres y los nuevos nucleamientos familiares generados en parte como mecanismos de supervivencia a las difíciles realidades económico-sociales. De todas formas, el hecho de que ciertos aspectos de la división sexual del trabajo son cuestionados por razones de subsistencia, no implica, según lo demuestra el análisis de campo, que las familias trabajadoras no sigan pensando las responsabilidades domésticas en función del género.

Para este análisis sobre la familia, sirve la noción de campo de Bourdieu (1997), entendiéndolo como espacio donde se producen relaciones de poder vinculadas con la composición diferencias del capital económico, social, cultural y simbólico de cada integrante familiar y determinan diferentes posiciones, que hablan de la posibilidad de la reproducción y de los cambios al interior del mismo.

En este marco de paso de la sociedad de las seguridades a la de los riesgos, los lazos familiares no desaparecen como forma de organización social: sino que cambian sus formas. Esto se debe, en parte, a que el espacio de las prácticas cotidianas tiene un margen de autonomía y creatividad que muchas veces es desvalorizado socialmente.

Algunas de las conclusiones de la investigación, tienen que ver con la distribución de las tareas dentro del hogar, donde aparece cierta diversificación de lxs ejecutantes. Es decir, la ejecución de las actividades del hogar (cocinar, lavar, planchar, limpiar, hacer las compras) se hace paulatinamente más equitativa, pero no así su planificación. Esto implica que la responsabilidad sobre la realización de las tareas sigue siendo patrimonio exclusivo femenino, y además interviene la dimensión etaria, ya que la máxima responsable de las tareas es la esposa del jefe de hogar o la mujer mayor en la casa.

Esto se explica a partir de una ideología familiarista, donde las mujeres ocupan un espacio marginal en el mundo público, y en el caso de las mujeres mayores, su relación con lo público se ve mediatizado generalmente por una figura masculina. Aquí se destaca el enorme peso de las tradiciones, ya que aún en los casos donde los integrantes (o al menos algunos) de las familias reconocen lo arbitrario de la división de tareas, resulta muy difícil alterar en la práctica los roles establecidos. En algunas familias los nuevos roles femeninos no implican el abandono por parte de las mujeres de las tareas al interior del hogar. Catalina Wainerman (2002) hablará de revolución estancada, que plantea que la mayor participación lograda por las mujeres en lo público, no siempre tiene un correlato en el privado.

Plantean las autoras que en la actualidad hay una convivencia de modelos, porque si bien el trabajo doméstico y las tareas reproductivas son necesarias, las formas en que se satisfacen estas necesidades tienen que ver con las prácticas de lxs propixs sujetos. En algunos casos, la nueva realidad trae aparejada crisis dentro de las familias, resistencias protagonizadas por las mujeres, rupturas o quiebres familiares.

En otros casos, aparecen percepciones alternativas que aceptan más fácilmente el cambio, y familias que reconfiguran sus dinámicas (y representaciones de los miembros) sin conflictos radicales. Incluso, pueden ser los varones quienes cuestionen roles y representaciones genéricas. Por ejemplo, desde la década de los ´60, se puso en debate la idea de la paternidad responsable, otra de los nuevos significados que ingresan a cuestionar el rol masculino (y femenino) tradicional.

Resulta valioso pensar la posibilidad de construir nuevas formas de domesticidad que disputen la segregación y jerarquización, problematizando los ordenadores sociales que hasta ahora reglamentaron la vida familiar, pensando entonces, la posibilidad de familias distintas, diversas, cuestionadoras de las opresiones genéricas.




[1] En Entre santos, cumbias y piquetes. Las culturas populares en la Argentina reciente. Daniel Míguez y Pablo Semán editores. Editorial Biblios.

viernes, 17 de mayo de 2013

La omisión también es ideológica


*María Florencia Actis

“Se enojó con su mujer y estrelló a su bebe de un año contra el suelo”,  así tituló Clarín la noticia sobre un claro episodio de violencia de género que tuvo lugar en un hospital de Shanghái, China. A pesar de la corta extensión de la nota, algunos elementos son indicativos de una relación de pareja mediada por el “permiso” de dominio de uno sobre la otra. Un hombre golpea a su mujer hasta dejarla internada, con heridas graves en el abdomen. A los días, Chen, el agresor, se comunica con ella para ir a visitarla y al enterarse que ya había sido dada de alta sin su anoticiamiento, arroja fuertemente al bebé que tenía en brazos, hijo en común con la víctima, al punto de provocarle una comprometida lesión craneal.

El escenario es dramático, no sólo por la transcendencia física de la violencia que puso en riesgo la vida de un bebé de un año y complicó la integridad corporal de la joven, sino  también por la insignificancia existencial de la mujer y la anulación de todo derecho humano ante los ojos del hombre. La persecución y control que ejerce impunemente sobre el destino de su novia no fueron aspectos visibles, y menos aun problematizados, en la cobertura del caso; el foco estuvo puesto en el ataque contra el bebé. La retórica de la emoción violenta queda sellada en el título (“Se enojó con su mujer..”), y reforzada en varias expresiones en el cuerpo de la nota, por ejemplo al explicar la internación de la mujer  como producto de una discusión de pareja, en la que el susodicho Chen, le habría provocado heridas abdominales. Asimismo, al retratar el incidente con el bebé como producto de un “ataque de ira”.

El concepto penal de “estado de emoción violenta” remite a un fuerte estallido de origen afectivo. Esta figura despierta polémica por explicar –y justificar-  situaciones de violencia, en muchos casos culminantes con la muerte, desarraigándolas de su naturaleza y entorno social y cultural, de la compleja trama de relaciones, realidades, sentidos y poder  en que se concretiza el accionar violento. Privilegiar el factor psíquico y emocional implica menospreciar otros debates que permiten acceder a la comprensión global y a la raíz del problema de la violencia de género y los femicidios a escala mundial.

Como plantea Cornelius Castoriadis, el imaginario social instituyente produce activamente mitos –piezas fundamentales del rompecabezas social-, que regulan, organizan, estipulan, y no sólo prohíben, en el obrar de los individuos. Las piezas de este imaginario producen y legalizan acciones, instituciones y discursos. Para encontrar el umbral de argumentaciones que racionalizan la violencia “física” de género, hay que buscar en el imaginario de cada sociedad, en la configuración de los roles de género, que siempre encierra violencia y desigualdad simbólica, política, semántica, reconociendo sus componentes territoriales, históricos, idiosincráticos particulares; y también reconociendo continuidades transfronterizas. 

En la era globalizada, de efectivas posibilidades técnicas, tecnológicas, informacionales y estéticas de diálogo entre generaciones y pueblos, ciertos patrones valorativos y conductuales se homogeneizan. En relación al género, también se mundializan imágenes y modelos de belleza consolidando emergentes imaginarios sociales globales. La violencia de género, dentro de la esfera interpersonal de una pareja, reproduce lógicas y esquemas similares a lo largo de los países occidentales, en la mayoría de ellos, la función social de la mujer oscila entre la maternidad compulsiva y la prestación de su cuerpo como objeto de consumo sexual.

Es importante destacar que los medios de comunicación resultan co-partícipes de estas violencias al reproducir, no desde la argumentación racional porque advierten protocolos vigentes, pero sí desde un lenguaje alusivo a las causas de la emoción violenta y una evidente desestimación de aristas propias de los hechos noticiables que, de incluirlas, sería de gran ayuda hacia la concepción  superadora de que la violencia de género y su erradicación es responsabilidad de todos/as.  La omisión mediática también es violencia. 

viernes, 10 de mayo de 2013

Violencia invisible: el lugar de la mujer en los medios


El caso de Clarín

*María Florencia Actis

Esta semana tuvo relativo impacto en varios medios el contenido de un programa emitido por la televisión pública danesa, estilo reality show, ideado por el músico de jazz Thomas Blachmanen, en el cual un jurado, conformado por varones, observa y evalúa el cuerpo de las mujeres. Ellas compiten entre sí mostrándose absolutamente desnudas, sometiéndose a la voluntad de “los jueces”, -que generalmente las hacen dar vueltas,  agacharse o mostrar determinada parte- y a su posterior dictamen. La cobertura mediática de Clarín al respecto,  hace mención en su párrafo inicial a las fuertes críticas que ya recibió no sólo en Dinamarca, sino también en el resto de Europa y Estados Unidos por tratarse del programa “más sexista hasta el momento”.

La pregunta es con qué vara se mide el nivel de sexismo en los medios; y desde qué lugar calificado un medio gráfico que reproduce diariamente imágenes de mujeres-objeto, construye este hecho noticiable con tonalidad crítica y escandalizada. El estigma cosificante no viene dado por mostrar más o mostrar menos; sino por el significado social que se adjudica  al cuerpo femenino; y los alcances/consecuencias fácticas de esta representación.

El cuerpo femenino, concebido como un objeto y confinado de la soberanía de las mujeres, se interviene cotidianamente en busca de satisfacción del deseo masculino, procurando reflejar lo que la sociedad, gobernada por una cosmovisión masculina, consigna para ellos: belleza, higiene, salud y esencialmente, pasividad erótica. La dimensión erótica del cuerpo está vinculada a la idea de sensualidad para ser admirada, distinguida, deleitada. La función activa, de admirar y cuestionar o complacerse, está reservada para el varón que se constituye en Sujeto. El marido o cualquier desconocido en la vía pública, se adjudica el derecho “natural” de verbalizar qué tanto le gusta ese cuerpo, o qué partes del mismo habría que tonificar, adelgazar o rellenar; ignorando voluntariamente la percepción subjetiva y relación que esa mujer establece con su propio cuerpo, o cómo pueden repercutir en ella las miradas, comentarios, observaciones,  sátiras y/o piropos. El agrado o no con su cuerpo está enérgicamente condicionado  por el nivel de agrado que el conjunto social le manifiesta –valiéndose de un reticulado discursos sociales- (“El cuerpo de la mujer tiene sed de las palabras de un hombre”, aseguró el conductor del programa en cuestión).

La desigualdad simbólica de género,  la apropiación y control del erotismo de la mujer, se explica a través de estrategias biopolíticas de reproducción social, que generaron formas de apropiación desigual del capital cultural como de acceso a los circuitos de calificación laboral, centros de poder, etc.  Tal y como lo describe Ana María Fernández, “La conyugalidad occidental ha sido la forma secularizada de instituir el control sobre la sexualidad de las mujeres y el derecho exclusivo del marido sobre la sexualidad de la esposa”.

Cuando se habla de violencia mediática en materia de género, no sólo se circunscribe a mecanismos  desmoralizantes fácilmente reconocibles, como el caso del polémico reality; sino también a cualquier operación simbólica que fomente estereotipos, prácticas y parámetros que reifiquen la pasividad femenina por la cual la mujer, de una manera u otra, se aliena de la propiedad y exploración de su cuerpo, registro de sus deseos y búsqueda activa de sus placeres.

Las duras adjudicaciones que lanza el/la periodista de Clarín al reality show (“ La incomodidad es evidente: la mujer queda dura de frente a sus torturadores televisivos y hace lo que le piden que haga”) contrasta con el lenguaje,  imágenes y postura que el medio adopta para personificar a la mujer  ejemplar en su suplemento Entre Mujeres, subdividido en las secciones “Moda”, “Belleza”, “Vida Sana”, “Hogar y Familia”, “Pareja y Sexo”, “Trabajo”.  También incluyen la voz de la productora del reality al defender la idea original del ciclo y su continuidad en el aire, induciendo a la ridiculización del testimonio: “En el fondo revela lo que los hombres piensan del cuerpo de las mujeres, ¿qué hay de malo en eso?”, afirmó Sofia Fromberg, del staff del programa.

 El problema no es el brote de criticidad, sino la falta de criterio a la hora de determinar qué es violencia de género, desconociendo sus mecanismos sublimatorios a los que el mismo medio, Clarín en este caso, contribuye.









Bibliografía consultada:

Fernández, Ana María, “Violencia y Conyugalidad: una relación necesaria. La gestión de las fragilidades y resistencias femeninas  en las relaciones de poder entre los géneros”, Cap. IV del libro, “La mujer y la violencia invisible”, Gilberti Eva y otras.

Piedad Córdoba Mujer luchadora por la unidad de los pueblos latinoamericanos


 *Por Juliana Díaz Lozano, Laboratorio de Género y Comunicación. FP y CS- UNLP


Esta semana estuvo en Argentina la militante y política colombiana Piedad Córdoba Ruiz, integrante de Marcha Patriótica y referenta de los diálogos de paz en Colombia. En visitas oficiales y no oficiales, la Senadora destituida señaló la importancia de la finalización del conflicto armado en su país, impulsado por las políticas norteamericanas en connivencia con el poder político y económico local.

En sus relatos, denunció las políticas de ocupación militar, para el control político y el saqueo de las riquezas planificadas por Estados Unidos en complicidad con el ex presidente Álvaro Uribe, y específicamente la continuidad del Plan Colombia avalado por las autoridades de ese país. Igualmente resaltó la importancia de los procesos de unidad latinoamericanos recientes, como formas de solidaridad entre gobiernos pero también entre los pueblos.

Las organizaciones de mujeres en Colombia vienen señalando y denunciando las violencias particulares que padecen las mujeres en el marco de esta situación. La militarización que sufre Colombia, y países hermanos como Haití y Honduras, tienen consecuencias especiales para la vida de las mujeres que pueblan esos territorios. La presencia militar (ya sea del Ejército como de las fuerzas paramilitares) se traduce en una situación de violencia extrema hacia las mujeres, manifestada en confinamientos, violaciones, embarazos forzados, feminicidios. Según afirmó la Marcha Mundial de las Mujeres, una organización plurinacional de activistas, en una entrevista que le realizamos: “la impunidad del gobierno y las fuerzas paramilitares, exacerba la violencia sexista y los valores del patriarcado, colocando a los cuerpos de las mujeres como territorios del terror de la guerra". 
Piedad Córdoba conforma la alianza Colombianos y Colombianas por la paz, dentro de la que se encuentra la Asamblea de Mujeres por La Paz. Este colectivo promueve la concientización sobre las violencias específicas padecidas por las mujeres en los últimos diez años en Colombia y sus consignas principales son: “¡Ni un hombre, ni una mujer, ni un peso para la guerra!”, “por nuestros muertos, ni un minuto de silencio, miles de años de resistencia”, “¡mi cuerpo es mi casa, mi casa es mi territorio, no entrego las llaves!”. Esta última frase alude directamente al avance sobre el cuerpo de las mujeres como primer territorio del conflicto armado.
Además de las situaciones de violencia explícita sobre el cuerpo de las mujeres, la guerra en Colombia implica, según Piedad, cifras alarmantes: 8 millones de personas desplazadas, más de 60 mil desaparecidos/as y más de 3 mil ejecuciones extrajudiciales. El avance neoliberal armado dejó en este país a 28 millones de personas en situación de pobreza y 8 millones de indigentes. Estos números, también tienen incidencia genérica, ya que sobre las mujeres pesan la resolución de los problemas económicos domésticos, son quienes encabezan el desplazamiento forzado en el caso de reclutamiento obligatorio de novios y maridos o el arrasamiento de territorios. En otros casos, son las mujeres quienes se quedan en los territorios arrasados por el conflicto, cuidando las tierras para que no sean ocupadas por las multinacionales.
La figura de Piedad Córdoba (mujer, latinoamericana y afrodescendiente) nos permite reflexionar de una manera integral sobre las implicancias del avance de las multinacionales y las fuerzas armadas. También supone resaltar las resistencias cotidianas de las mujeres en Colombia y en América Latina, enfrentadas además y muchas veces en soledad, al desafío de vérselas con la resolución de la cotidianidad en medio de un contexto de violencia generalizado. 

viernes, 3 de mayo de 2013

La Iglesia Católica deberá indemnizar a la víctima por encubrir a un cura pedófilo


Actis, María Florencia
Si bien el daño moral puede ser resarcido económicamente, las nuevas autopercepciones del cuerpo como efecto del poder flagelante actúan, reconfigurando, la constitución subjetiva del niño, niña o joven abusado/a sexualmente. Las consecuencias traumáticas que enfrente el sujeto son designadas por la psicología como un “síndrome de acomodación”, ya que explica las dificultades para reconciliar su mundo de experiencias “privadas” con el flujo de experiencias provenientes del mundo “público”- exterior; mediadas por la culpa. Desde otra perspectiva, podríamos entender al abuso sexual infantil como una práctica que demuestra dominio físico, erigido sobre una desigualdad simbólica, anulando la voluntad del niño/a; una experiencia vital que trastorna las significaciones que adquiere sobre su entorno mediato e inmediato, altera los condiciones en que transcurre su vida personal y social, los parámetros para conocer, relacionarse, concebirse, proyectarse. Los modos en que se narra, se encuadra y se re-construye dicha vivencia en definitiva la determinan. Se trata de la dimensión formativa del uso del poder, el efecto de ese poder generando estructuras productivas de subjetividad.
Un tal Gabriel tenía quince años, vivía en Berazategui y tenía una enérgica impronta religiosa en su formación. Él y sus dos hermanos, participaban activamente durante sus años de adolescencia en de las misas, ayudando a los párrocos, y de otras iniciativas del culto católico. Beatriz Varela fue catequista y voluntaria de la Obra de María, en la diócesis de Quilmes. En 2002, luego de sufrir un abuso sexual por parte de un cura del barrio, Rubén Pardo, fallecido tres años después del hecho, se vio fuertemente decepcionado, tanto por la acción que él consideraba hasta ése momento de responsabilidad individual, como por el silencio corporativo y velo de impunidad y “perdón” que intentaron desplegar las jerarquías de la institución, en particular, el entonces obispo de Quilmes, Luis Stockler.
En los últimos días, la Cámara de Apelaciones de Quilmes ratificó la sentencia del Juzgado Civil y Comercial N2, que encontró culpable a Pardo y obligó al Obispado de ese distrito a pagar una indemnización a la víctima y su familia por el delito de pedofilia que ronda los 155 mil pesos: 120 mil en concepto de daños morales,  7.800 para tratamiento psicológico para Gabriel, además de los intereses por los 11 años que distan desde la consumación del delito sexual y que tardó en llegar la Justicia penal.
La querella expresó una sensación satisfactoria, “reparadora” luego de escuchar este fallo, primero en la historia argentina que sanciona monetariamente a la iglesia católica por un caso de pedofilia, luego de quedar evidenciado el rol de complicidad y tendiente al ocultamiento de la verdad que jugó la institución en los años posteriores al abuso, enviando al sacerdote implicado a confesar niños/as a Córdoba, paradójicamente.
Los dos medios que abordaron el tema fueron Página/12 y La Nación, construyendo relatos con profundidad temática y testimonial desigual.  En Clarín digital no se hizo mención a la decisión judicial. En el orden local, el mismo escepticismo de El Día.  
La Nación dio espacio el día lunes 29 y martes 30, en dos notas de extensión estándar y desde una voz “neutral” que relata los hechos cronológicamente; no arriesga ningún análisis pormenorizado sobre la problemática de los abusos.  Se nutre principalmente del testimonio de la víctima, reproduciendo análisis que él imparte en relación al grado de “cotidianeidad” de esta forma de violencia perpetrada contra los/as niños/as en nuestra sociedad. En este sentido, para retratar la decadente postura de la iglesia, subtitula “Burla” los párrafos en que el denunciante detalla cómo pontífices argumentaron lo sucedido (“Le dijo a mi mamá que tenía que ser considerada con las personas que elegían el celibato porque podrían tener momentos de debilidad. Así llamó a un hecho tan aberrante como la pedofilia"). El apartado en cuestión, que es el último, cierra la nota con una frase contundente: "callarlo es tener complicidad”, alusiva no sólo al papel de quienes rodean a la víctima, saben del caso y no accionan (e incluso, ejecutan mecanismos de inducción al silencio, principalmente la iglesia en este caso, las familias de las víctimas en muchos otros), sino también a la elección de omitir de la propia víctima. En la nota publicada el día martes 30, reiterando en el cuerpo de la nota casi la totalidad de los datos y declaraciones, deja de mencionar que el pedófilo murió a causa de vih sida en 2005.
Página/12, por su parte, en su versión digital, publicó el lunes 29 una nota sobre el caso titulada “Este fallo me da mucha tranquilidad y consuelo”, que ordenó en la sección El País, y ocupó un espacio preferencial en la portada de noticias del día.  En cuanto al tratamiento en este medio particular, la nota presenta una extensión considerable, que incluye una puesta en contexto del hecho y una reconstrucción de la escena del crimen a través de una entrevista con el protagonista. También hay una evocación a distintos responsables, más y menos directos, que tuvieron conocimiento del abuso y cuyas respuestas fueron nulas. Por último, se emplean adjetivos y reflexiones que vislumbran el posicionamiento de la periodista, por ejemplo “La Iglesia nunca reconoció el hecho como un delito aberrante”. Vale la pena recalcar, que el día martes 30 de abril, en la mini sección catalogada “Pirulo de Tapa”, enfatizaron con el título “Ex comulgado” la situación de un sacerdote -Roberto Francisco Daniel- que fue ex comulgado luego de “bajar línea” durante una ceremonia en que cuestionaba las prohibiciones “sexuales” de la Iglesia Católica y su dogma, desanclado en tiempo, espacio y culturas.